Es más que conocido cómo el conjunto de tecnología, búsqueda de la productividad, reducción de costes y como no, la pandemia del COVID han traido cambios a nuestra forma de trabajar. El teletrabajo está más que asentado en nuestras vidas y ya no es una cosa de freelances ni autónomos incipientes. Webs como Zoom y Meet han casi prejubilado al vetusto Skype. Ya no nos sorprenden alertas de Google Calendar invitándote a una reunión virtual en la que tienes diversos botones que te hacen desde pedir turno a cambiar tu triste habitación por una coqueta estancia de Kyoto. Todo esto ha hecho que sin duda las relaciones laborales y por tanto las sociales hayan cambiado, ¿para bien?, quién sabe.
Centrándonos en el entorno laboral no es descabellado que nos podamos subir a un proyecto ya en marcha en el que cada componente del equipo se sitúe a cientos cuando no miles de kilómetros. En esos proyectos, en esas reuniones, se establecen comentarios e indicaciones similares a las del trabajo presencial, como: «hoy hacemos repaso de lo tratado ayer», «mañana tengo videollamada con tal» o «… a las 11 paramos para tomar un cafelito», y sabes que a las 11 tus compañeros se pueden estar tomando un cafelito o tendiendo la ropa o adelantando la preparación de la comida porque si no luego comerán muy tarde.
Sin duda la tecnología nos acerca, nos facilita y nos puede hacer más cómoda nuestra vida laboral o al menos la de nuestros jefes, que dejan de pagar por un puesto de trabajo en la oficina por mucho que te tengan que entregar un equipo, en el mejor de los casos, para que trabajes desde casa. Desde mi modesta opinión esto está muy bien, pero los seres humanos somos ante todo animales racionales, por lo tanto sociales, que necesitan del contacto para establecer conexiones, químicas y sinergias que son necesarias para el éxito de cualquier proyecto, aunque haya algún que otro lector de estas líneas que piense lo contrario. Lo siento, es mi reflexión.
Volviendo al proyecto, con el paso de los días, uno se va sintiendo más cómodo, suelta chascarrillos, bromas e incluso tacos que provocan que conozcas mejor a tus compañeros y que estos te conozcan mejor a ti. Pero no sólo es esto, a no ser que haya elegido el fondo de la habitación de Kyoto, vas conociendo al resto de personas de tu equipo por lo que hay detrás de sus rostros. Cuadros, ventanas, radiadores e incluso animales de compañía que quizás les dé por roncar en mitad de una reunión. Todo esto te ayuda a imaginar cómo será su vida cuando la llamada se acaba, cómo será el resto de su casa, su familia y si ese cafelito sabrá igual que el tuyo.
De repente, puede que te llegue una convocatoria para una reunión presencial en la sede central. Allí ves si esta es tan alta como pensabas o a éste no se le marcaba tanto la tripa por la pantalla, ¡madre mía se tiene que cuidar!. Y ahí ya te empiezas a conocer mejor, los gestos, el lenguaje corporal sin pixeles o si se controla con los tacos o sólo era un mal día. Se abren nuevas vías para conocerte alrededor, aunque ya tengas una certeza, de un café que compartís ahora sí que sabe igual y sobre todo, siempre estará más rico si no te lo tomas en el comedor de la sede central.
¿Pero qué necesitas para conocer a una persona en realidad? Pues muchas cosas, pero sin duda conocer su entorno, su pueblo, su aire, su luz y el rumor del agua del pequeño rio que pasa junto a su hogar.
Entonces llega ese día, ves esas ventanas desde el otro lado, el paso de cebra que tiene que cruzar para ir a por el pan, el coche que le lleva por las curvas de su comarca y sobre todo su familia, dulce y certera cuándo lo ha de ser. Te sientas con él a tomar un cafelito al sol, le envidias, joder que si le envidías y de repente empiezas a entender todo. Su pose tranquila, su tono pausado, sus reflexiones que fluyen como el agua del rio, que aunque a veces puedas dudas de dónde, siempre desembocaran con acierto en un torrente superior y sobre todo su talento, el talento para tener todo lo que tiene y que no parezca que sea un logro, sino un regalo de la vida.
Y te vas, porque siempre te tienes que ir, a tu lugar, en este caso con ventanas a patios interiores y en vez del ruido del rio, el del tren pasando por una y otra vez por las vías. Te llevas vino y aceite, pero sobre todo te llevas un día que sabe a montaña, a crema catalana, a historias de iglesias inviolables y a abrazos. Un día inolvidable que hace que el peso de los párpados pesados de la larga jornada, se mantengan abiertos.
Hoy es 27 de diciembre de 2024, hoy he pasado el día con Quim, un tipo al que admiro y que me ha enseñado mucho en el último año y medio. Hoy 27 de diciembre nos hemos reído, mucho, hemos celebrado su nueva vida, nos hemos abrazado y sobre todo le he conocido a partir de poder celebrar, que es lo importante, celebrar que por fin he podido saborear a qué sabe ese cafelito.